Todos los vecinos que miran de reojo al besarte en mi portal,
pasan de largo,
sin ni siquiera murmullar un saludo,
Es solo envidia por besar a un ángel, supongo.
Los buzones acaban manchados de tu témpera,
mientras nos consumimos,
y jadeantes nos juramos el futuro.
Los labios mordidos nos delatan,
y aunque estemos cerca del interruptor,
no prendemos la luz.
Tu alumbras todo el habitáculo,
que las pequeñas bombillas naranjas de emergencia no pueden.
Pienso que voy a encontrar restos de carmin rosa
alojados en mi alma.
Llamo al ascensor con el codo,
y deseo que nunca baje.
Escucho el mecanismo
e intento robarte besos con más ansia si cabe,
apoyo mi mano en la puerta que da al garaje,
y acomodo tu espalda sobre el tabique rosado.
Cuando la puerta de la cabina se abre,
nos deslumbra,
como dos gatos pardos escondidos en las tonalidades vespertinas.
Te miro y sigues con los ojos cerrados.
Te hablo,
y solo me responden tus manos,
me sujetas y no me esfuerzo en escaparme.
Se cierra el ascensor de nuevo.
Cuarenta minutos llevamos así y nos quedan otros veinte.