El hombre célibe,
casto y virginal al verso.
Oprime las lineas
que nunca hizo,
y como un heraldo antagonista.
Desprecia y envidia
la hermosa y noble
humildad del poema.
El infeliz que arremete
las lineas de sus semejantes,
vive en otro,
tortuoso e iracundo.
Graznan los pájaros
bajo los trapos raídos,
desgarrados por el ego.
Callan los labios,
apretados, tenebregosos,
pero impotentes e ignorantes.
Un alma arropada,
por la niebla vespertina
del celo sumiso,
de la absoluta inseguridad.
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