Oir la noche inmensa,
es un ave de tu silencio.
Las noches pasan en vano,
sin la brisa que exhala,
la abertura de tus labios al tocarme.
El tránsito de un moribundo,
que solo expulsa versos de acuarela.
Nos hemos destruido,
ambos, cuerpos de barro,
que deshacemos,
con agua e ira.
Nos hemos herido,
y ya ni consolarme puedo.
¿Dónde están las piezas
de mi vida, dónde?
Esas letras doradas,
se han oxidado
ahora nombran algo ilegible,
algo que un día no dudamos en pronunciar.
Algo que sentíamos.
Nos alimentamos de palabras,
que un día olvidamos.
Solo la noche nos toca,
las tinieblas nos guardan,
Solo la noche,
eterna amante, nos tapa,
nos refugia de aquello que recordamos,
y el día se olvida.
Hasta que el cielo sea agua clara,
hasta que el alba venga a desnudarnos,
te tendré en mi aposento.
Hasta que te marches con tu arpa.
Robé tu halo y lo escondí entre las sábanas,
y quebré tu lanza,
Degustar como bates las alas,
me absuelve del pecado de quererte,
Amanecí, de manera sumisa,
porque el tiempo no perdona,
a este loco magullado.
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